Caldito
Una de las formas en que se da uno cuenta de que crece es por como le van cambiando los gustos. Está uno toda su infancia odiando algo, digamos el caldo de res, por poner un ejemplo. Y con motivos, como no. Está calientísimo e incomible cuando lo sirven. Y luego, cuando se enfría, queda todo grasoso. Y se lo dan a uno con un pedazo de carne con huesos y pellejos que rebotan al masticarlos. Y el pedazo de elote, que no se puede agarrar con ningún utensilio, así que hay que tomarlo con los dedos, que o se queman o se embarran de grasa, según en que etapa estemos, y comerlo sin mayonesa (que es la forma correcta de comer elote hervido, por supuesto) porque si le ponemos corremos el riesgo de que se caiga en el caldo y se disuelva en él, con poco agradables resultados. Y no ayuda, por supuesto, el que a tu mamá le encanta, así que lo hace a cada rato. “El viernes va a haber caldo de res, eh. Y no quiero que empieces y te tardes en comerlo, por que se te enfría y se pone grasoso y yo no te lo voy a estar calentando otra vez. Y te lo comes todo, que aquí no hay gato.”
Y un fatídico día estás en un mercado, a la hora de la comida, en la sección de fonditas. Parado atrás de alguien con cara de que ya mero termina, esperando un lugar y, mientras, viendo qué hay de comer hoy. Que si la sopa de pasta, que si el arroz rojo. Y de pronto te das cuenta que después de todo tu mamá tenía razón y sí es cierto que los días nublados se antoja un caldito. Después de eso, sabes que no es más que cuestión de tiempo y que cualquier día vas a acabar diciéndole a alguien que “cuando sea grande lo entenderá.”