Sopa de cebolla
—Es que, mira, imagina que empezaramos a andar. Y que funcionara y dentro de un tiempo decidieramos vivir juntos. Tú sabes que a mi me gusta cocinar. Y que me gusta la comida con sabores más o menos fuertes, con mucho condimento y esas cosas. ¿Qué va a pasar el día que llegues y yo te reciba con un platote de sopa de cebolla, eh? Pues que no te va a gustar y vas a comer sin ganas, o de plano lo vas a dejar. Y yo me voy a ofender de que dejaste mi comida y a partir de entonces no voy a cocinar a gusto, porque voy a estar siempre temiendo que lo que haga no te va a gustar. Y va a haber resentimientos y peleas y vamos a acabar peleandonos por tonterías.
—¿Y por eso no quieres andar conmigo? ¿Porque no me gusta la cebolla?
—Pues, sí. Digo, ese es sólo un ejemplo, pero sí.
—¿Y no se te ha ocurrido, no sé, llamarme antes de ponerte a guisar y preguntar si me late el menú?