Elucubrando

Febrero 9, 2008

Explicaciones

Archivado en: — rodrigo @ 2:59 pm

Una opción sería, por ejemplo, que eso de los universos paralelos sea cierto. Obviamente, la distinción entre uno y otro tiene que ser el conjunto de los estados de cada una de sus partículas. Pero, como el estado de una partícula no es algo perféctamente definible (ya saben, Heisenberg ) resulta que la distinción entre un universo y otro tampoco lo es. En cada momento estamos no en “este” universo, sino en una nube borrosita alrededor. Nube que es compartida por un infinito no numerable (¿aleph_1?) de otros universos, el estado de cuyas partículas difiere del “nuestro” por alguna epsilon pequeñita.

¿A que viene todo esto? Pues bien, todo ese asunto normalmente no importa. En promedio, todos esos universos de la nubecita se comportan de forma exáctamente igual a nivel macroscópico, así que determinar en “cual estamos” sería, en el mejor de los casos nada más que un ejercicio teórico. Pero, así como un electrón puede, en condiciones adecuadas, encontrarse del lado opuesto a una barrera de potencial, aparentemente saltando de forma discontínua de un lado a otro, postulo que el universo completo pueda hacer escencialmente lo mismo. Así, cuando una “nubecita” de universos se traslapa un momento con otra, uno de los de una pueda “brincar” a la otra, pasando, por ejemplo, de una nubecita que tenía una goma en la mesa a una que no tiene goma a una que la tiene en la esquina de los libreros.

¿No entienen nada? Precisamente por eso está esto clasificado como “divagación”.

Febrero 3, 2008

Propósito

Archivado en: — rodrigo @ 9:37 pm

Por kilómetros y kilómetros, hasta dónde alcanzaba la vista, se extendía la muralla. Sus muros eran altos y gruesos. De grandes piedras perféctamente encajadas, sin una sola rendija dónde un enemigo pudiera anclarse para escalar. Fuertes parapetos, estratégicas mirillas, bien repartidos contrafuertes. Era, en verdad, el mayor orgullo del imperio.

Tan inexpugnable era que las hordas bárbaras rápidamente se rindieron. “¿Para qué intentarlo?”, decían unos. “Los otros reinos son mejor presa”, confirmaban otros. Y de la noche a la mañana, casi, dejaron de venir. Nunca más turbaron sus gritos la tranquilidad del valle. Nunca más sus pendones flamearon por sobre las montañas.

Los soldados siguieron patrullando por un tiempo. Marchaban marciales por los caminos. Practicaban feroces asaltos contra hipotéticos invasores. Pero luego, poco a poco, se fueron aburriendo. Algunos regresaron a sus casas, a sembrar los campos y cuidar sus rebaños. A platicar con sus amigos en la taberna, con relatos de sus hazañas allá en el muro. Otros, más aventureros, se marcharon hacia afuera. A defender otros reinos, quizá. O a ser parte de las hordas invasoras, nadie lo sabe.

De la gran muralla sólo queda esa torre, la más alta. El último de la guarnición todavía se mantiene ahí, vigilante. Él mismo fué poco a poco desarmando los muros. Haciendo, primero pequeños y después no tanto, huecos por dónde los invasores entrarán un día feliz en el que él podrá dar el aviso y cumplir por fin con su misión.

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