Monzón
Lo primero que notas, al salir a la calle, es la conmoción en la atmósfera. En vez del opresivo calor de siempre, de la pesada calma, hay un viento que agita los árboles y levanta las hojas del piso. El polvo se arremolina, levanta basura. En lugar de la límpida vista del valle sin final, se cierra una bruma oscura.
Después, las gotas. Gruesas, pesadas. Caen al piso con intensidad de proyectiles, como si extrañaran este suelo que tan rara vez visitan. Mojan las calles, mueven la grava que en esta ciudad adorna las banquetas en lugar del pasto de otros lugares. Lentas y deliberadas al principio, aumentan el ritmo. Pasan de alegre tamborileo a marcial redoble y de ahí a estruendoso concierto. Para entonces, se unen al espectáculo los rayos que cruzan cortantes entre las nubes.
El cielo cae sobre tu cabeza.
Los rios de asfalto fundido se transforman, breve y súbitamente, en impetuosas corrientes de agua sin fin.
Y luego, casi tan de pronto, las nubes se retiran. Los truenos callan, las gotas parten a otros suelos que las reclaman con sed. El viento se tranquiliza y el calor reestablece, prepotente, su reinado sobre el desierto.