Revelación
Mientras comía un caldo de pollo, me puse a divagar acerca de cómo los alimentos son buen momento para, precisamente, divagar. Estás ocupado, con las manos y la vista dedicadas a una tarea que requiere poco de tu cerebro pero no tan poco como para que intentes realmente otras actividades. Tu cuerpo está contento y deja de estar llamando tu atención a las necesidades inmediatas. De ahí, pasé a la idea de que, si no estás divagando, es porque encontraste algo que atrapa ese pedacito de atención que les queda libres a tus manos y tus ojos después de manejar los cubiertos: Ver la tele, platicar, leer algo. Y fue ahí dónde tuve una revelación: El verdadero motivo para la tan odiada plaga social de la gente que no se despega del teléfono mientras come. No es el amorío de la sociedad moderna con los dispositivos, ni la descomposición social que nos lleva a alienarnos de las personas presentes para refugiarnos en sus sombras electrónicas. No, nada de eso. La verdadera razón es que hemos inventado, en la forma del teléfono celular con internet, a la versión última de la distracción más clásica de la mesa. Tenemos en nuestras manos a la caja de cereal infinita.
Disculpen si ya vieron esto, estamos migrando de servidor y el respaldo estaba un poquito menos actualizado de lo ideal



