Elucubrando

Febrero 3, 2008

Propósito

Archivado en: — rodrigo @ 9:37 pm

Por kilómetros y kilómetros, hasta dónde alcanzaba la vista, se extendía la muralla. Sus muros eran altos y gruesos. De grandes piedras perféctamente encajadas, sin una sola rendija dónde un enemigo pudiera anclarse para escalar. Fuertes parapetos, estratégicas mirillas, bien repartidos contrafuertes. Era, en verdad, el mayor orgullo del imperio.

Tan inexpugnable era que las hordas bárbaras rápidamente se rindieron. “¿Para qué intentarlo?”, decían unos. “Los otros reinos son mejor presa”, confirmaban otros. Y de la noche a la mañana, casi, dejaron de venir. Nunca más turbaron sus gritos la tranquilidad del valle. Nunca más sus pendones flamearon por sobre las montañas.

Los soldados siguieron patrullando por un tiempo. Marchaban marciales por los caminos. Practicaban feroces asaltos contra hipotéticos invasores. Pero luego, poco a poco, se fueron aburriendo. Algunos regresaron a sus casas, a sembrar los campos y cuidar sus rebaños. A platicar con sus amigos en la taberna, con relatos de sus hazañas allá en el muro. Otros, más aventureros, se marcharon hacia afuera. A defender otros reinos, quizá. O a ser parte de las hordas invasoras, nadie lo sabe.

De la gran muralla sólo queda esa torre, la más alta. El último de la guarnición todavía se mantiene ahí, vigilante. Él mismo fué poco a poco desarmando los muros. Haciendo, primero pequeños y después no tanto, huecos por dónde los invasores entrarán un día feliz en el que él podrá dar el aviso y cumplir por fin con su misión.

Enero 22, 2008

Libros

Archivado en: — rodrigo @ 8:57 am

Sales un día de tu casa y empiezas a caminar al azar. Avanzas con decisión por la acera, llegas a la esquina, tomas alguna de las calles que se cruzan ahí. Quizá incluso regresas por donde venías. Persistes en esto el suficiente tiempo, sabes que las leyes que rigen al mundo casi garantizan que vas a llegar, tarde que temprano, a una librería de viejo. Una de esas con desordenados pasillos estrechos, pequeñas puertas de media altura entre algunas estanterías y un dependiente a la entrada que toma nota de todos los presentes sin dejar de leer. Entras.

Revuelto entre libros de texto resueltos y viejas novelas rosas en algún idioma que no sabes leer hay un libro ahí esperandote. A veces es el tomo dos de aquel recetario que nunca completaste. O una edición bien conservada del famoso libro con el dragón en la cubierta, ese que es obra seminal y que todos en tu profesión deben leer. Esta vez es un libro de fotos. De edificios y casas. Lo ojeas, lentamente, reconociendo a veces los estilos, maravillándote de no haber visto nunca otros. Das un par de pasos y te sientas con él en la escalerita, la de alcanzar los estantes de arriba, a seguir hojeando.

Y entonces, en la exploración detenida del libro, en esa fase de oler las cubiertas y revisar el colofón y buscar notas apresuradas en los márgenes, te encuentras con la dedicatoria. Con bonita y regular caligrafía, de esa de rotular planos, en la página en blanco después del título: “Para mi amigo Barragán.” Te pierdes un rato pensando en los extraños caminos que tu libro (sí, ya es tuyo, aunque no lo hayas pagado) tuvo que haber recorrido para llegar al mismo estante que tú, y no un día antes o después, sino hoy. ¿Estaría metido meses en alguna caja de cartón de una mudanza? ¿En la lista de bienes a repartir como parte de un legado en disputa? ¿Olvidado detras de un librero, dónde cayo tras una fiesta particularmente ruidosa?

Y sales entonces, abrazando tu nuevo libro y pensando que tal lista de concidencias seguramente debe ser material suficiente con qué inspirar un cuento en el que expliques como fue que te topaste con él.

Diciembre 9, 2007

Encuentro

Archivado en: — rodrigo @ 9:29 pm

La vi, o me pareció verla, hace un par de meses. Mi camión iba entrando a la terminal y mientras maniobraba para estacionarse ella estaba subiendo en otro. Para cuando bajé, su camión ya se había ido y no pude siquiera confirmar que en verdad era ella.

Hace unos días volvió a ocurrir, pero esta vez tuve suerte. Mi camión llegó temprano, o el de ella salió tarde, así que cuando bajé pude verla ahí parada junto a un par de maletas. “¡Hola, qué milagro!” “¡Yo te hacía en el extranjero!” “¿Y tu esposa?” “Mira, te presento al mio.” Nos despedimos pronto, yo tenía prisa y su camión estaba por partir. Pero intercambiamos teléfonos y correos. Y, sorprendentemente, los usamos. Nos vimos esta mañana, platicamos de trivialidades y del tiempo pasado. Nos mostramos fotos de nuestros respectivos hijos.

Y no sé a ella, pero a mi no me dolió. Es la primera vez que creo eso que dicen, que el tiempo cura todo. Curioso, ¿no?

Octubre 26, 2007

Sopa de cebolla

Archivado en: — rodrigo @ 10:03 am

—Es que, mira, imagina que empezaramos a andar. Y que funcionara y dentro de un tiempo decidieramos vivir juntos. Tú sabes que a mi me gusta cocinar. Y que me gusta la comida con sabores más o menos fuertes, con mucho condimento y esas cosas. ¿Qué va a pasar el día que llegues y yo te reciba con un platote de sopa de cebolla, eh? Pues que no te va a gustar y vas a comer sin ganas, o de plano lo vas a dejar. Y yo me voy a ofender de que dejaste mi comida y a partir de entonces no voy a cocinar a gusto, porque voy a estar siempre temiendo que lo que haga no te va a gustar. Y va a haber resentimientos y peleas y vamos a acabar peleandonos por tonterías.
—¿Y por eso no quieres andar conmigo? ¿Porque no me gusta la cebolla?
—Pues, sí. Digo, ese es sólo un ejemplo, pero sí.
—¿Y no se te ha ocurrido, no sé, llamarme antes de ponerte a guisar y preguntar si me late el menú?

Agosto 2, 2007

Por alto esté el cielo en el mundo

Archivado en: — rodrigo @ 7:36 pm

La nave se levantó sobre una pluma de humo. Desde lejos, más allá de dónde llegaba el estruendoso rugir de los motores, el deslumbrante brillo de su llama, todo parecía ocurrir de forma lenta, tranquila. Una pequeña burbuja, elevándose ligera en el aire.

Dentro del cohete la ilusión se rompe. La incesante vibración, el nervioso movimiento de centenares de medidores, el parpadeo interminable de multitud de foquitos, todos reclamando su instante de atención, impide olvidar que la nave está bajo tensiones incesantes. Los metales se estiran, chillan y protestan. Allá, abajo, en las profundidades de la maquinaria, un juego de válvulas se cierra. Pequeños interruptores hacen su trabajo. Una sacudida y la primera etapa se separa, cayendo entre llamas hacia el mar. Se encienden los siguientes motores y la nave continúa su orgulloso vuelo.

Eventualmente la nave abandona lo más profundo del campo gravitatorio. Para entonces, del enorme cohete no queda más que la pequeña cápsula de la punta. Dentro de ella, los verdaderos motores, que la transportarán a través de las profundidades del espacio, más allá del sistema solar. Pero, primero, hay que alejarse aún más. De la cápsula surgen mástiles, con tenues velas estiradas entre ellos, como si fueran las alas de un insecto que sale de su capullo. Las velas se tensan, enormes. Se llenan con el viento solar e impulsan a la nave, cada vez más rápido, hacia las profundidades del espacio.

Cuando tu destino está más lejos que los cometas, el cielo no es el límite. Es solo el inicio del viaje.

Abril 16, 2007

Planes

Archivado en: — rodrigo @ 7:34 pm

Llegas caminando al parque y compras un café en uno de los pequeños locales de por ahí. Caminas con él en la mano, saboreándolo por adelantado, mientras vas hacia una de las banquitas. Te sientas en ella, lo hueles, le das el primer trago. Mientras lo disfrutas, volteas alrededor, ves a la gente paseando. Sentada en el borde de la fuente, con un lindo vestido floreado, está la mujer más bella que has visto en mucho tiempo. El viento juega con su cabello y ella pelea con él para mantenerlo acomodado. Sonríe contenta mientras juega con el agua.

Después de un rato de mirarla subrepticiamente, planeas tu acercamiento. Qué le vas a decir, y como. Qué hacer si sonríe, si te recibe con neutralidad, si se molesta. Recuperas de tu memoria un par de lineas de Neruda, para un caso desesperado. Cierras los ojos (un momento) y te imaginas como será besarla. Los abres, determinado, al mismo tiempo que te levantas. Y, como todas las veces anteriores, te vuelves a dejar caer en la banca porque, mientras planeabas, ella se levantó y ya no está más por ahí.

Abril 15, 2007

Aventuras

Archivado en: — rodrigo @ 10:07 pm

La conversación dentro de su cabeza siguió, por más que sabía lo inútil que era. ¿Se enojaría? ¿Contestaría siquiera? ¿Para qué seguir queriendo imaginar lo que dirá? Más de una vez se había equivocado, estrepitósamente, con las predicciones. En todo caso y ya que la casualidad le había llevado cerca más valía aprovecharla. El parque, y la plaza. Con tantos recuerdos. Invitarle una nieve siempre es suficientemente neutral, no tiene por que sonar atrevido. A menos, claro, que se le notara el nerviosismo en la voz. O al verse. Pero de eso se puede uno preocupar después, ya al estarle hablando. ¡Decídete!

Tomó el teléfono, marcó el número. No tiene algo que ocurrir en un lugar exótico para ser una aventura.

Enero 3, 2007

Arroz

Archivado en: — rodrigo @ 12:27 am

—Debes seguirle moviendo. Hasta que suene como papel de china.—dijo ella,
—¿Qué? ¿Cómo va a sonar como papel de china? Es arroz.—contestó él.
—Pues sí, pero así suena. Así sabes que ya está.
—¿Cómo crees? Lo que hay que hacer es fijarse como se van agrietando los granitos. Está listo cuando todos tienen dos o tres grietitas.
—¡¿Y te vas a fijar uno por uno?!
—Pues no uno por uno, pero sí en promedio. Así le ha hecho siempre mi mamá.
—Pues hazle como quieras. Mientras, voy a medir el agua.
—¿Cómo la mides?
—Son dos medidas y media de agua por cada una de arroz. Ya con todo y la cebolla.
—¿Mides la cebolla?
—Pues claro. Si no no queda. Se bate.
—Yo no mido nada. Nomás le echo hasta que se ve suficiente.
—¡Estás loco! Así no sale.
—A mi me sale. Y a mi mamá. Y a mi abuelita.
—Pues mi mamá me enseño que hay que medirla. Y que ya está bien frito cuando suena a papel.
—Pues según yo ya está frito. Si lo dejo más se va a quemar y no se ve bonito.
—Va el agua, entonces. Y tápale.
—No. Hasta que hierva.

La pareja dejó la cazuela en la lumbre, mientras preparaban el guisado y un postre. Unas horas después, tras haber terminado su primera comida preparada juntos, en su propia cocina, decidieron que una nueva familia es fundada cuando tiene su propia receta para hacer arroz.

Septiembre 10, 2006

Relatos de preescolar

Archivado en: — rodrigo @ 12:58 am

—Maestra, ¿las semillas de zanahoria se comen?
—¿Qué?
—Que si las semillas de zanahoria se comen.
—Las zanahorias no tienen semillas, Rodri.
—Sí. Mire.—dice el niño, mientras le enseña su envase de comida a la maestra. En medio de un montón de rodajitas de zanahoria, unas semillas del limón en el que vienen nadando.
—No, Rodri. Esas semillas son de limón.
—Ah. ¿Se comen?
—No.
—¿Por qué?
—Porque saben feo.
—¿Cómo?
—Amargas.
—¿Qué es amargo?
—Mmm. Mira, agarra una y muerdela.—El niño toma una de las semillas, la pone en su boca y muerde. Acto seguido, un gesto de disgusto corre por su rostro.
—¿Te gustó?
—¡No!
—Eso es amargo.
—Ah.

Septiembre 6, 2006

Chistes privados

Archivado en: — rodrigo @ 11:58 am

¿Les ha pasado? Están con algún grupo de amigos y, de repente, ocurre uno de esos momentos que los unen para siempre. Uno de esos que evocará carcajadas años depués cuando cualquiera lo cuente. Van entonces con alguien más, alguien que, por alguna casualidad del destino, no estaba ese día. E intentan relatarle la anécdota, porque es en realidad parte del grupo y merece saberlo y compartir esa unión con los demás. Se lanzan a una elaborada descripción de los antecedentes, de como uno de ustedes antes de llegar tuvo un altercado con un policía del metro y como eso le recordó a alguien más la historia de su tía. Y lo que estaba haciendo el gordito de la mesa de enfrente y lo que dijo el mesero sin darse cuenta cuando llevó la carta y porque entonces fué completamente natural que, cuando fulanito dijo tal cosa, todos pensaron en … una vaca que no se había bañado. Y se detienen ahí, esperando de su interlocutor una sonora carcajada. Pero lo único que obtienen es una cara de aburrimiento cercano a la muerte y un ‘¿Y el chiste es …?’

Por eso yo no voy a tratar de explicarles y nada más les cuento que ayer me la pasé muy bien.

Agosto 17, 2006

Relámpago

Archivado en: — rodrigo @ 9:35 am

La ves. Te ve. Entre los dos se cruzan historias. Veladas de largas conversaciones, noches apasionadas, amargas peleas. La educación de los hijos. Verlos empezar sus propias historias.

El tren llega a la estación. Uno de los dos desciende, se pierde entre la multitud. Ahora los dos son libres de volver a enamorarse 30 segundos.

Agosto 6, 2006

Vicios comunes

Archivado en: — rodrigo @ 1:40 am

Nos llevávamos bien desde antes, por supuesto. A los dos nos gusta hacer ruiditos ridículos y platicar con cosas inanimadas. Tener conversaciones extrañas, en las que ella me explica las razones de la caida del imperio romano y yo le cuento de compiladores para lenguajes funcionales.

Pero el punto decisivo lo cruzamos hace unos días. Estabamos sentados sobre una barda cuando ella puso sus manos en su rodilla izquierda y presionó con fuerza hacia un lado. Mientras su espalda giraba, una serie de crujidos surgió de cada una de sus vértebras. Yo me le quedé mirando, sonreí, y repetí sus movimientos uno a uno, con resultados igualmente sonoros. Esa noche, después de compartir movimientos secretos para hacer tronar lugares donde la mayoría de la gente no sabe que tiene articulaciones, hicimos el amor con singular felicidad.

Nos casamos el próximo martes. Están invitados.

Enero 3, 2006

Así se hacen los chismes

Archivado en: — rodrigo @ 6:41 pm

¿Qué crees que pasó, hija?—Dijo don Daniel—Llegó una señora con tu mamá preguntandole si ya había llegado doña Jovita.
—¿Quién es doña Jovita?
—Pues eso le preguntó tu mamá. Ella le dijo que era la hermana de su suegra.
—¿La suegra de quién?
—A ver, que lo cuente mi mamá—interrumpió la otra hija de don Daniel.
—Pues eso, que llegó la señora esa preguntando que si ya había llegado doña Jovita. Yo no sabía de quién me hablaba y le pregunté y ella me dijo que doña Jovita es la hermana de su suegra.
—¡Pero quién es su suegra!
—Pues yo tampoco sabía. Le dije y me dijo que ella era la esposa de Agustín. Yo seguía sin saber quien era, pero ella me dijo que doña Jovita había ido a ver a tu papá por que su suegra estaba muy enferma y la habían llevado al hospital.
—¿Y que hiciste?
—Pues le dije que a la casa no había ido nadie. Y luego le conté a tu papá.
—¿Y tú que dijiste papá?
—Ah, pues lo que yo pensé es que hablaban de mi hermana Ignacia, ven que ella tiene un hijo Agustín.
—¿El que lo agarró la policía?
—Ese. Entonces dije, pues le voy a hablar a Ignacia, aunque estemos peleados. Y que le marco y, ¿qué crees que me dice? ¿Y tú que? ¿estas malo? ¿Tu crees hija? Entonces le empecé a preguntar, por que ni modos de decirle que le hablé por que me dijeron que estaba mala, que como estaba y que sus hijos y ya sabes. Pero dice que está bien. Y luego le dije lo de la señora, que vino y yo no estaba y entonces le empezó a preguntar a tu mamá que si había venido doña Jovita y ella le dijo que——¡Sí, eso ya sabemos!——Ah, pues le dije eso y ella me dijo que como era la señora que vino. Entonces le pasé a tu mamá para que le dijera.
—Y pues yo le dije que era una señora así, medio blanca pero no güera. Y con el pelo pintado de rojo. Y, esto es lo raro, Ignacia que me dice ‘No, pues esa no es mi nuera. Mi nuera es morena, morena. Y con el pelo crespo.’
—¿Entonces quien fue a la casa?
—Pues quien sabe. Yo me asusté, por que ves que ellos andan metidos en problemas y luego que tal si su teléfono esta intervenido y nos meten a nosotros en problemas por andarles hablando.
—¡Mamá! ¿Cómo crees?
—Pues si, ya ves como es eso y luego uno ahí anda sin deberla ni tenerla.
—¡Ay mamá!
—Bueno, pero luego que pasó—Dijo la otra hija.
—Ah,—siguio don Daniel—pues como Ignacia estaba bien y resultó que además la nuera ni era su nuera, pues que me acuerdo de Ignacia la esposa de Esteban. Y pues que le hablo. Pero como no sé su teléfono, le hablé a Alonso, su hijo.
—¿Y que le dijiste?
—Pues que me habían dicho que Ignacia estaba bien mala.
—¡Pero si ni sabias si se trata de esa Ignacia!
—Pero yo le dije. Y pues el me dijo que no, que su mamá estaba bien. Pero yo de todas formas le hablé a mi primo Javier, que vive cerca.
—¡Pero si su hijo ya te dijo que esta bien!
—Pero yo quería confirmar.
—Y ahora seguro ya Javier le habló a sus hermanos.
—Y seguro ya contó que Ignacia hasta se está muriendo—acotó la otra hija.
—Bueno pero al final ¿qué pasó, quién era la que vino?
—Ah, eso si quien sabe.

Diciembre 19, 2005

Mariposas

Archivado en: — rodrigo @ 8:18 pm

Siempre he sido muy tímido. Aprendí a leer los relojes de cabeza, para no tener que pedir que me dieran la hora. Esto, obviamente, ha afectado mi relación con las mujeres. Siempre soy un admirador silencioso. Las miro de lejos, procurando que no se den cuenta y giro la cabeza si voltean hacia mi.

Por eso fue tan sorpresivo lo que pasó. Estaba parado en un extremo del pasillo viendola platicar, parada ahí con su vestidito azul que tanto me gusta, absorto. Volteó y me miró a los ojos. Me quedé tan sorprendido que no pude voltearme, esconderme como de costumbre. Nos seguimos mirando, mientras la nube de mariposas amarillas que ha estado revoloteando la última semana alrededor del árbol grande del patio entraba por las ventanas y se repartía por todo el pasillo. Después ella se volteó y se fue, sonriendo contenta, hacia su siguiente clase, mientras que yo me quedé ahí, flotando con las mariposas.

Esta es la versión recuperada de mi memoria de un cuentito que ya había publicado aquí antes y que se perdió en la gran debacle.

Noviembre 23, 2005

El gato

Archivado en: — rodrigo @ 8:09 pm

No me gustan los gatos. Hace no mucho leí que si el dueño de un perro muere, dejando al perro y el cadaver encerrados, el perro se muere de hambre cuidando los restos. Un gato, en cambio, se alimenta del cuerpo.

Todo empezó hace un año, cuando un soplón hizo que me quedara sin trabajo. Dicen que la venganza se disfruta mejor cuando se toma con calma y yo me la tomé con bastante.

Lo primero fue conocer sus habitos y los de sus vecinos. Encontrar todos sus patrones. Cuándo no está. Cuánto tiempo. Por dónde llega. En qué se fija al salir y entrar de su casa. Tiene un gato, negro.

Como las ganzúas hacen mucho ruido, necesitaba una copia de sus llaves para entrar cuando él estuviera dentro. Busqué un momento en que ni él ni sus vecinos estuvieran por un buen rato. Entré con la ganzúa y, tomandome mi tiempo, desmonté sus chapas y me fabriqué copias de las llaves. Nada dificil, sólo cuestión de tener paciencia con una lima. Limpié todo bien, volví a montar las chapas. Cuando llegué a la esquina él venía doblando por el otro lado de la cuadra.

Después, otra visita. No importa con cuanto cuidado hagas las cosas, siempre es posible que hayas dejado alguna señal y yo necesitaba eliminar cualquier sospecha que tuviera de que alguien había estado dentro. Usé mi nuevo juego de llaves. Bajé un adorno de una repisa alta, de esas que crees que el gato no alcanza. Lo dejé en el piso, cerca de la repisa, pero intácto y de pie. Luego puse en la repisa pelo del gato y arena de su caja. Salí y me fuí a la azotea del edificio vecino. Cuando llegó, retrocedió sorprendido desde la puerta al ver el adorno en el piso. Dió algunas vueltas por la sala. Tomó una silla y se asomó a la repisa. Alcancé a ver su cara de alivio. Ahora, cualquier señal que encuentre de que entré la atribuirá a su imaginación.

Ayer entré por la noche. Él se había ido a dormir hacía unas horas. Aceité chapas y bisagras antes de moverlas. Entré sin hacer el menor ruido. Guantes, por supuesto, y unos zapatos que nunca había usado y que tiraré después. Iluminé mi cara con la linterna y puse la punta del cuchillo en su pecho. La sensación lo despertó. Alcanzó a reconocerme, un segundo antes de clavarle el cuchillo. Ni siquiera pudo pensar en gritar.

Y entonces me descuidé. Salí demasiado rápido del cuarto. Me resbalé en algo que no había visto al entrar. Sentí un golpe en mi nuca. Desperté, no se cuanto tiempo después, ya de día. Debo haberme roto algo importante, por que no puedo moverme. Pero ya sé que lo que dicen de los gatos es cierto por que, aunque no siento nada, lo estoy viendo empezar por mi mano izquierda.

Junio 11, 2005

Puedo escribir los versos mas tristes esta noche

Archivado en: — rodrigo @ 8:44 am

‘Puedo escribir los versos mas tristes esta noche’, dijo, y se sentó frente a su escritorio, una resma de papel y mucha tinta. A medida que escribía, los recuerdos que se derramaban iban haciendo un charco a sus pies, que poco a poco comenzó a inundar el cuarto. Lo encontraron ahogado dos dias después, flotando con los ojos abiertos en el mar de sus nostalgias.

Poema XX. Pablo Neruda

Octubre 29, 2004

Extraño

Archivado en: — Rodrigo @ 2:29 pm

Entras al metro, como has estado haciendo esta última semana, y tu corazón late con expectativa. Hoy termina tu viaje. Sabes que hoy es el último día que lo puedes llegar a ver y decidiste dejar volar un poco tu fantasía, vistiendote como para una cita.

Ya en el andén, caminas a la parte de atras y esperas a que llegue el tren. Ruegas que la increible casualidad de coincidir con alguien cuatro veces seguidas se repita una quinta. El tren entra en la estación y se detiene frente a tí. Subes por la segunda puerta del último vagón, te acomodas junto a la pared y, hasta entonces, volteas hacia el fondo. Tu rostro se ilumina con una sonrisa. Ahí está, el extraño a quien has estado viendo, de reojo, sin atreverte a voltear abiertamente, estos cuatro días. Lo miras, concentrado en su libro (¿Es el mismo desde el lunes?), aparentando estar interesada en el tuyo.

El tren avanza. A medida que va pasando estaciones tu ansiedad aumenta. Cada vez estas más cerca de donde bajas. Una ves ahí saldrás del metro y no lo volverás a ver jamás.

Entonces, cambia la rutina. Por primera vez en la semana, él voltea. Encuentra tus ojos y te sostiene la mirada. Tu no sabes que hacer. Estas sorprendida y apenada de que te haya atrapado viendolo. Quieres voltear hacia otro lado, aparentar que no lo hacías. Pero algo en sus ojos te lo impide y no puedes dejar de mirarlo.

De pronto, él comienza a caminar hacia tí. Sin quitarte los ojos de encima, avanza por entre la gente sin detenerse. Sus movimientos son fluidos, como si tuviera todo planeado. Como si él mismo hubiera colocado a la gente en sus posiciones, para que al pasar entre ellos pueda lucirse ante tí. Llega hasta donde estás y, como parte del mismo movimiento, se pega a tí, pasa su brazo por detras de tu cintura, te jala hacia él y te besa en la boca.

Y tu respondes. Sin saber por que, abres tus labios y comienzas a besar a este extraño. Estas en sus brazos y dejas que sus manos recorran tu espalda, tus brazos. Dejas que su lengua explore tu boca.

Lo sigues besando mientras el tren avanza. Cuando entra a la estación, volteas a ver cual es. Estás una antes de tu destino. Volteas a ver al extraño y te dispones a besarlo de nuevo, una última vez antes de que tengas que bajarte. El tren se detiene. Se abren las puertas. Él da un pequeño paso hacia atras. Estas a punto de preguntar que pasa cuando sientes como te empuja suavemente por la cintura. Lo sigues sin tener tiempo de reaccionar. Descienden del tren. Él comienza a caminar por el andén, sin soltarte, sin disminuir la presión en tu cintura. Llega a la salida, sube por las escaleras y, de pronto, sin protestar, te encuentras en la calle con un desconocido, en una parte de la ciudad que no conoces, siguiendolo sin saber a donde.

Avanzan juntos unas cuadras, siempre en silencio. Sientes su mano apretando tu cintura, dandote confianza para seguir, por alguna razón. De pronto, él da la vuelta y entra a un edificio. Apenas tienes tiempo de darte cuenta que es un hotel. En el vestibulo te suelta mientras se dirige al mostrador. Lo ves hablar un momento con el encargado. Te das cuenta que en este momento nada te obliga a seguir aquí. La puerta está cerca. Si das la vuelta puedes salir de aquí, alejarte de esta locura. ¿Que haces en el vestibulo de un hotel, esperando a que un desconocido vuelva de la recepción? Tan distraida estas que no te das cuenta cuando está de nuevo junto a tí. Sientes de nuevo su mano, esta vez en tu vientre. Te abraza desde atras, te besa en el cuello. Comienza a caminar hacia el elevador y, en ese momento, todas tus dudas se disipan. Vas a subir con él a un cuarto y vas a hacer lo que te pida.

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