Propósito
Por kilómetros y kilómetros, hasta dónde alcanzaba la vista, se extendía la muralla. Sus muros eran altos y gruesos. De grandes piedras perféctamente encajadas, sin una sola rendija dónde un enemigo pudiera anclarse para escalar. Fuertes parapetos, estratégicas mirillas, bien repartidos contrafuertes. Era, en verdad, el mayor orgullo del imperio.
Tan inexpugnable era que las hordas bárbaras rápidamente se rindieron. “¿Para qué intentarlo?”, decían unos. “Los otros reinos son mejor presa”, confirmaban otros. Y de la noche a la mañana, casi, dejaron de venir. Nunca más turbaron sus gritos la tranquilidad del valle. Nunca más sus pendones flamearon por sobre las montañas.
Los soldados siguieron patrullando por un tiempo. Marchaban marciales por los caminos. Practicaban feroces asaltos contra hipotéticos invasores. Pero luego, poco a poco, se fueron aburriendo. Algunos regresaron a sus casas, a sembrar los campos y cuidar sus rebaños. A platicar con sus amigos en la taberna, con relatos de sus hazañas allá en el muro. Otros, más aventureros, se marcharon hacia afuera. A defender otros reinos, quizá. O a ser parte de las hordas invasoras, nadie lo sabe.
De la gran muralla sólo queda esa torre, la más alta. El último de la guarnición todavía se mantiene ahí, vigilante. Él mismo fué poco a poco desarmando los muros. Haciendo, primero pequeños y después no tanto, huecos por dónde los invasores entrarán un día feliz en el que él podrá dar el aviso y cumplir por fin con su misión.


