No me gustan los gatos. Hace no mucho leí que si el dueño de un perro muere, dejando al perro y el cadaver encerrados, el perro se muere de hambre cuidando los restos. Un gato, en cambio, se alimenta del cuerpo.
Todo empezó hace un año, cuando un soplón hizo que me quedara sin trabajo. Dicen que la venganza se disfruta mejor cuando se toma con calma y yo me la tomé con bastante.
Lo primero fue conocer sus habitos y los de sus vecinos. Encontrar todos sus patrones. Cuándo no está. Cuánto tiempo. Por dónde llega. En qué se fija al salir y entrar de su casa. Tiene un gato, negro.
Como las ganzúas hacen mucho ruido, necesitaba una copia de sus llaves para entrar cuando él estuviera dentro. Busqué un momento en que ni él ni sus vecinos estuvieran por un buen rato. Entré con la ganzúa y, tomandome mi tiempo, desmonté sus chapas y me fabriqué copias de las llaves. Nada dificil, sólo cuestión de tener paciencia con una lima. Limpié todo bien, volví a montar las chapas. Cuando llegué a la esquina él venía doblando por el otro lado de la cuadra.
Después, otra visita. No importa con cuanto cuidado hagas las cosas, siempre es posible que hayas dejado alguna señal y yo necesitaba eliminar cualquier sospecha que tuviera de que alguien había estado dentro. Usé mi nuevo juego de llaves. Bajé un adorno de una repisa alta, de esas que crees que el gato no alcanza. Lo dejé en el piso, cerca de la repisa, pero intácto y de pie. Luego puse en la repisa pelo del gato y arena de su caja. Salí y me fuí a la azotea del edificio vecino. Cuando llegó, retrocedió sorprendido desde la puerta al ver el adorno en el piso. Dió algunas vueltas por la sala. Tomó una silla y se asomó a la repisa. Alcancé a ver su cara de alivio. Ahora, cualquier señal que encuentre de que entré la atribuirá a su imaginación.
Ayer entré por la noche. Él se había ido a dormir hacía unas horas. Aceité chapas y bisagras antes de moverlas. Entré sin hacer el menor ruido. Guantes, por supuesto, y unos zapatos que nunca había usado y que tiraré después. Iluminé mi cara con la linterna y puse la punta del cuchillo en su pecho. La sensación lo despertó. Alcanzó a reconocerme, un segundo antes de clavarle el cuchillo. Ni siquiera pudo pensar en gritar.
Y entonces me descuidé. Salí demasiado rápido del cuarto. Me resbalé en algo que no había visto al entrar. Sentí un golpe en mi nuca. Desperté, no se cuanto tiempo después, ya de día. Debo haberme roto algo importante, por que no puedo moverme. Pero ya sé que lo que dicen de los gatos es cierto por que, aunque no siento nada, lo estoy viendo empezar por mi mano izquierda.