Pepinos
Me he dado cuenta de algo sorprendente. Pero, primero, algo de contexto:
Resulta que, cuando era yo un peque, mi mamá solía hacerme barquitos de pepino. Para quien nunca los haya comido, un barquito de pepino se prepara—tarán—con un pepino. Se le cortan y frotan las puntas, como siempre. Se pela y se le parte por la mitad. Acto seguido, se vacía completamente de semillas. Lo que nos queda son dos mitades con aspecto de canoas de nativos de las islas Fidji. El siguiente paso es rellenar el compartimento de carga de nuestras canoas con zanahoria rayada, revuelta con mayonesa. La transformación en impresionantes veleros se completa por medio de tres mitades de nuez, que harán las veces de mástiles.
El problema con esto es que comí demasiados barquitos de pepino. Según mis recuerdos, me comía por lo menos dos en cada visita a casa de mis abuelitos (Interviene aquí, como voz en off, mi mamá, gritando “¡No es cierto! ¡Además, ni ibamos tanto!”). Como resultado de estos atracones navales, ahora le tengo un odio inacabable tanto a los pepinos como a las zanahorias rayadas con mayonesa.
O, más bien, eso es lo que creía. Porque de lo que me acabo de dar cuenta es que, siempre y cuando esté entreverado entre comida japonesa, en realidad el pepino me gusta. Como delgada cubierta de un rollo, por ejemplo. O en tiritas, revuelto con la verdad no sé qué salsita oscura y ajonjolí. Raro, ¿no?


